Peace

Not far to the east of where I live there is a several metres high concrete wall that isolates and estranges two entire populations from one another.

Also close, in the opposite direction, there is an old decaying prison surrounded by waves of barbed wire – another bigger, more modern facility can be seen on the right less than fifteen kilometres down the road.

In the neighbouring town, aged men and young pregnant mothers with toddlers holding at their skirts seat in otherwise empty yards around cheaply-constructed, neglected, only apparently derelict buildings.

At almost every bus stop, extremely young and blooming men and women dressed in uniforms and carrying heavy weapons wait, alone or in groups, to board the next bus and be taken to their destination and duties.

In the evening, along other bus routes, large groups of men return home to their remote villages after a long day’s work and still have the strength to joke around loudly in their own language.

Peace, for me, is embracing everything and everyone: the seen and the unseen, those on this side of the wall, the fence, the street, the order, the right and those on the other. Looking at them with acknowledgement, often bringing them to mind so as not to forget them, giving them a place in my heart, blessing their presence, being thankful for their existence, respecting their destinies whatever they may be.

As in the song by Estrella Morente: “in between the two forces…”. To create a broader and higher space where any parting is meaningless.

In these days of unravelled violence, more than ever.


Paz

No lejos de donde vivo, en dirección este, hay un muro de hormigón de varios metros de altura que aísla y aliena a dos poblaciones enteras.

También cerca, en dirección opuesta, hay una vieja cárcel ruinosa rodeada de olas de alambre de espino – otra, de mayor tamaño, más moderna, puede verse a la derecha a menos de quince kilómetros por esa misma carretera.

En la ciudad vecina, hombres envejecidos y jóvenes madres embarazadas con niños pequeños agarrados a sus faldas se sientan en patios solitarios en medio de edificios de construcción barata, decrépitos, sólo aparentemente abandonados.

Casi en cada parada de autobús, hombres y mujeres extremadamente jóvenes y rebosantes de salud, vestidos de uniforme y cargados con pesadas armas, esperan solos o en grupo a ser trasladados de vuelta a sus bases y a sus obligaciones.

A última hora de la tarde, en autobuses que siguen otras rutas, nutridos grupos de hombres regresan a sus hogares en pueblos distantes después de una larga jornada de trabajo y aún tienen fuerzas para bromear ruidosamente en su propio idioma.

La paz, para mí, es abrazarlo todo y a todos: lo que se ve y lo que no se ve, a aquéllos que están a este lado del muro, de la alambrada, de la calle, de la orden, del derecho y a aquéllos que están al otro lado. Mirarlos con reconocimiento, tenerlos en mente a menudo para no olvidarlos, darles un lugar en mi corazón, bendecir su presencia, dar gracias por su existencia, respetar sus destinos sean cuales sean.

Como en la canción de Estrella Morente: “en medio de las dos fuerzas…”. Para crear un espacio mayor, más elevado, donde cualquier separación y división carecen de sentido.

En estos días de violencia desatada, más que nunca.

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