Sacred space

It’s not enough, not for me, not for anyone.

It’s not enough that I carry this project in my heart while life happens. Especially when life keeps on posing challenges that demand so much energy and dedication and apparently drag me away from my purpose.

Days settle like strata, voices thin out in the distance. A void breaks in that can easily be misinterpreted as neglect, indifference, relinquishment, oblivion.

It is nearly six months since I last was in Israel. And I still can’t go back. And I know that I won’t in quite a long time.

So while I am here and so much absorbed in the effort of securing the very basics, I need to find the way to revive Love like we do outside of me.

Give it a time, however brief, that can’t be ignored or violated. And in that time, nurture it with whatever beauty and knowledge I happen to capture in my comings and goings. Tune it like a musical instrument, arrange it as in a Japanese ritual, mold it and paint it like an exquisite porcelain bowl.

Do it consciously, actively, earnestly, diligently, in yet another challenge, but one that will bring me back closer to the core of meaning, that sacred space.


Espacio sagrado

No basta, ni para mí, ni para nadie.

No basta con que custodie este proyecto en mi corazón mientras sucede la vida. Sobre todo cuando la vida sigue planteándome retos que exigen tanta energía y dedicación y que aparentemente me arrastran lejos de mi propósito.

Los días se depositan como estratos, las voces se dispersan en la distancia. Irrumpe un vacío que puede ser fácilmente malinterpretado como negligencia, abandono, renuncia, olvido.

Hace casi seis meses que estuve por última vez en Israel. Y no puedo volver todavía. Y sé que tardaré un largo tiempo en hacerlo.

De modo que, mientras estoy aquí, tan absorbida en el esfuerzo de asegurar lo más básico, necesito encontrar la manera de reavivar Love like we do fuera de mí.

Darle un tiempo, aunque breve, que no pueda ser ignorado ni violado. Y en ese tiempo, nutrirlo con toda la belleza y el conocimiento que logre captar en mis idas y venidas. Afinarlo como un instrumento musical, ordenarlo como en un ritual japonés, moldearlo y pintarlo como un delicado cuenco de porcelana.

Y hacerlo consciente y activamente, con empeño y diligencia. Es otro reto más, pero uno que volverá a acercarme al centro del sentido, ese espacio sagrado.

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Rekindling old words

Last week, while writing a brief note for Suheil’s forty-days memorial service, I came across some words he said on an interview held with author Victor Perera in 1973, which can be read on Perera’s book “The Cross and the Pear Tree”.

Those words have been on my mind since then. My first impulse was to share them on this blog, but then I got afraid they would be misinterpreted or would offend someone. Forty-three years and an incredible amount of pain have passed since they were pronounced. There are terms among them that have a different weight now, there is a political dimension to them that allows for a long, delicate and probably fruitless discussion.

But as far as this project is concerned, I feel that the bottom line of Suheil’s words remains as valid and true as it always was. And not only for the land he talks about, but for everywhere else in the world.

So let me quote what a Christian Arab who lived in Israel said to a Jewish Guatemalan at a café long ago:

“The fact is that the Holy Land cannot be owned. It does not belong to anybody. It rejects all territorial claims based on the Torah, the New Testament or the Koran. This can never be a Palestinian state or a Christian state any more than it can be a Zionist state. These rocks are only for those who can love Jerusalem without the desire to possess her.”

Nothing in this world is ours but the love that we do. And, in reality, not even this: for we are that love (or the lack of it), we don’t own it.


Reavivando viejas palabras

La semana pasada, mientras escribía una nota breve para el funeral de Suheil, encontré unas palabras suyas en una entrevista que le hizo el escritor Victor Perera en 1973 y que aparece reproducida en el libro de Perera “The Cross and the Pear Tree” (“La cruz y el peral”).

Desde entonces tengo esas palabras muy presentes. Mi primer impulso fue compartirlas en este blog, pero luego temí que pudieran ser malinterpretadas o que ofendieran a alguien. Han pasado cuarenta y tres años y una cantidad increíble de dolor desde que fueron pronunciadas. Entre ellas hay términos que ahora tienen un peso diferente. Poseen una dimensión política que daría fácilmente lugar a una larga, delicada y probablemente estéril discusión.

Pero en lo que concierne a este proyecto, siento que la conclusión a la que llega Suheil sigue siendo tan válida y cierta como siempre lo fue. Y no sólo para la tierra de la que él habla, sino para todos los lugares del mundo.

Permitidme pues que cite lo que un árabe cristiano que vivía en Israel le dijo a un judío guatemalteco en un café hace ya mucho tiempo:

“El hecho es que Tierra Santa no puede ser poseída. No pertenece a nadie. Rechaza toda reivindicación territorial basada en la Torá, el Nuevo Testamento o el Corán. No puede ser un estado palestino o un estado cristiano más de lo que puede ser un estado sionista. Estas rocas sólo son para aquéllos que aman Jerusalén sin el deseo de apoderarse de ella.”

Nada en este mundo nos pertenece, salvo el amor que creamos. Y, en realidad, ni siquiera éste: pues somos ese amor (o la falta de él), pero no es propiedad nuestra.